Años soleados,
tornasolados, aletargados. Sábanas recién compradas, muebles sin armar, lunas
de miel y chocolate y desayunos en la cama. Promesas de amor inmortal, amor
eterno, amor incondicional, amor lento, amor en todas sus formas y amor
deformado. Carne joven y fresca, pecas que son detalles, besos amalgamados.
Manos femeninas que acarician a quien la desnudó, que se aferran a los hombros
de quien destrozó su espalda contra la canilla de la ducha. Un libro de nombres
y significados al borde de la mesa: semillas, cigüeñas, repollos. El hombre que
se siente tal cuando la mira desnuda, la abraza bien fuerte para que se le
pegue al cuerpo, la transpira, la penetra, la sueña.
Años que se
comienzan y se festejan, se recuerdan, se tatúan. Casualidades varias, relojes
acelerados. Una foto cuelga en la pared: sólo se ven sonrisas y rodillas que se
rozan.
Y una primera arruga
por donde termina el ojo es otro año que se sucede. Y promesas borrachas de
navidad anuncian unas vacaciones nuevas. Los nenes son como dos años bañados en
oro que cuelgan del cuello. Cortes de pelo imperceptibles, panzas, estrías,
pelos de la nariz que se asoman a ver cómo está el día. Sexo de aniversario, de
hotel, de calentura, de viagra y de películas románticas. Y entonces se ronca,
el robo del acolchado es penado de muerte. O el fútbol o la serie, o año nuevo
o noche buena, o tu familia o la mía. El mismo chiste del gallego tuerto, los
escarpines están donde los dientes de leche. Señora de, fiestas retro. Problemas
laborales, milanesas de soja no, costumbre de orear la sábana.
Y entonces los años
se parecen más a una colección de estampitas de capitales que nunca se
visitarán y no tanto a una vida que prometió una existencia entretenida.