domingo, 6 de enero de 2013

La rutina de los mártires


Ya la nariz robada,
ya las escondidas perdidas,
ya el escote de una bataclana.
Y los pescados que no volverán a ahogarse,
y los gringos que desembarcan con sus barbas,
y las vírgenes de ayer buscando quien las mire:

ya Emma Zunz en los muelles
buscando nuevos marineros.

La retaguardia


Este poema que es de otro amor
de otros tiempos de otro mundo
se reescribe en una hoja borroneada
como si su autor encontrara
nuevas formas de decir lo mismo
de caer en nuevas trampas
nuevos abismos
nuevas bocas.
El lenguaje y la poesía se apropian de lo dicho,
y lo que aún no dice retorcido en miedo
algo de misterio y teoría literaria
yace en las más retorcidas, nutridas
y jóvenes bibliotecas.

Margarita


A Sol


Desmiembra una frágil margarita
triturando como una enamorada
que encuentra en la muerte lenta
su más fina recompensa.
Ella no sabe, dice que no sabe,
si al final la margarita
con su último aliento revele el misterio.
Sobre sus pies se acumulan pétalos fallecidos
y dudas:
dice que no sabe lo que es una margarita.
Arranca con fuerza, con llanto, con esfuerzo:
en sus ojos también muere una margarita.
Desde lo alto de un balcón
juega a poner nombres
a los hijos que no tiene.
Y cuando parece que dará el tirón del final
prefiere seguir desconociendo,
tropezarse, perderse en otro viaje,
perdonarle la vida a una flor
con el perdón que no quiere que la traten
y seguir diciendo que no sabe.

El cuerpo de la sombra


Alguien que anda por ahí,
que quita mi alpargata del talón
y quiebra detrás las hojas del otoño,
que está condenada a vida perpetua
pues ni la más ulterior muerte
podrá quitarla de mi espalda:
está tan dentro mío que detrás de mi voz,
de mis pálpitos y mis suspiros
a veces la confundo conmigo.

Cafrune


Los primeros huesos se quiebran
como al pisar las frondas,
vuela como el ave
que todos deseamos ser.
Rueda por el asfalto bien muerto,
bien asesinado, consumido el silencio
de quien ya se ha ido.
Un hombre se olvida
como se olvidan las cruces del camino

La noche del fin del mundo


A Cintia y tal vez a Propercio


Desplazo el brazo como una serpiente de las más bichas,
y los dedos abren a machete una vegetación de algodón,
y como quien no quiere la cosa
te rodeo los hombros, apretujo las costillas tatuadas
hasta que mis manos se encuentran
como abrazando a un mundo que da vueltas dormido.
Y como en un sueño
te clavo los ojos como para carnearte,
como buscándote entre mis libros de ficción:
al caer el telón, sobre el escenario,
los protagonistas continúan con el beso.

Noches en las que sólo me queda confundirte
con una almohada.

Revolución de uno solo


El problema de la soledad
resulta en quedar solo conmigo,
y no poder más que luchar
en revolución de uno solo.
La inmortalidad es una sucesión de soledades
que se suceden en la sucesión sucesiva de la espera,
de las que la especie no puede sino lamentarse,
o acaso arrepentirse.