Subimos la venida por donde volvías a tu casa.
Nos detenemos en el mismo sauce
donde nos clavábamos los ojos como bestias:
casi enfermo al ver dos grandes ojos tiesos
y enamorados como los tuyos
y avergonzados como los de la vecina.
Me muerde la oreja con algo de inocencia,
una pizca de aventura.
Cuando está en mi pequeña habitación de poeta
me pide susurrando una poesía
que sin duda escribí para tu cuerpo, sobre tu cuerpo:
no le importa.
Mira nuestra foto de la secundaria
y ríe lo suficiente como para hacerme reír también.
Esta noche iré a cenar con su familia,
será entretenido verte de nuevo:
quién hubiera dicho que tu hermana
crecería tan rápido.
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