No se sabe cuándo comenzó el beso (a primera vista, a
última) ni si el recuerdo eliminará su desenlace, las razones nunca se
encuentran a la hora que se las busca, los poetas siempre se ahogan en besos
que no darán nunca, los amantes sienten al besar lo que un niño al mentir hasta
que, finalmente, el beso acaba explicándose por sí mismo, escapando a lo que
aprendimos sobre el léxico y semántica. Pero una mujer tuerce el cuello para
ser besada y resulta esto:
Abro la puerta que nos separa
(paraklausítoron)
y tomo tu cuerpo como un hambriento
(el hambre causa las revoluciones).
Tengo la mano izquierda en tu culito duro
y la derecha en el cuchillo
que te corta a rebanadas.
Tiro del cuerito que te envuelve
y te desnudo como a una bataclana:
tu piel sabrosa y mi temblorosa boca,
tu peso tendido esperando la ejecución,
pares de galletitas comienzan a rodearte
y yo he sido parte de una exquisita mortadela.
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